Porrusalda

Páginas arrancadas del diario de un reptil (24)

Llamo al timbre pero nadie responde. Me pregunto si tal vez Lis no ha vuelto de su viaje. O sí, y simplemente duerme y no le apetece contestar al interfono. Tal vez crea que es el chico del correo comercial y piensa: ¿Para qué? Quizás esté con algún tipo y tenga sueño porque follaron hasta tarde, o no, tal vez tenga sueño sin más. O no, y él ya se ha ido y Lis abre un ojo, a medias para qué más, y ve su chaqueta, la de él, y se dice: ya se la daré otro día. Está tan a gusto recién jodida entre las sábanas y no le apetece moverse. No contesta.

El portal está rematado con un arco de medio punto, un enrejado de metal ocupa el semicírculo que dibuja la piedra. El enrejado dice: 1847. Las líneas de metal oxidado van girando sobre sí mismas de aquí para allá. Debajo queda el portón de madera, diría que roble, ceñido entre la piedra y adornado con dos pequeñas puertecitas en las que no queda más remedio que encogerse al pasar, como si uno les hiciese una pequeña reverencia. A lo mejor en 1847 todos los vecinos medían menos de uno cincuenta. Vete a saber.

Vuelvo a llamar y nadie contesta. Las puertecitas siguen cerradas. Otra vez: Yo, el interfono, las puertecitas; mas allá, quien sabe si Lis. De nuevo y sin haberlo planeado vuelvo a estar aquí, esperando una respuesta a través de un hilo de cobre estañado, y después de eso ¿el qué? En fin, no era lo previsto. Es todo tan precario.


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