Páginas arrancadas del diario de un reptil (22)

21 mayo 2007

En realidad no hay ninguna historia. Por lo menos aquí. Por el momento y mientras no se diga lo contrario, aquí es aquí. Creo que fuera pasa lo mismo, de todos modos. Tal vez debería empezar de nuevo. Vamos a ello. En realidad no hay ninguna historia. Ni aquí ni en ninguna parte. ¿Mejor? Puedes elegir la que más te guste. O no elegir ninguna, según sea tu situación. Poco importa, porque en realidad no hay ninguna historia y la elección en ningún caso hará variar este punto. Si todavía esperas que esto mejore en algún aspecto puedes dejar de leer ahora mismo. Para que luego digan que leer es bueno; depende de lo que leas, eso es todo. Es una generalización. Con las generalizaciones pasa eso, a veces son verdad y otras veces son mentira. Los reptiles generalizan tanto o más que las personas, por norma general. Digo por norma general para que se sepa que estoy generalizando y nadie se lleve las manos a la cabeza. Queda feo y queda dicho, a su vez. Contar historias, eso sí lo hacen igual las personas y los reptiles. Acabo de decir: Contar historias, eso sí lo hacen igual las personas y los reptiles, pero la verdad es que no lo hacen igual del todo. Las personas cuentan historias, los reptiles cuentan historias. Hasta ahí todo bien. La diferencia es que los reptiles las cuentan aún sabiendo que no hay ninguna. No las hay. No es que haya pocas, no hay ninguna. A veces se crea una especie de ilusión, pero no es más que eso, una ilusión, un truco de los hombres, de la mente de los hombres. De la mujeres también. Es reconfortante cuando sucede, y ayuda a no acabar debajo de las ruedas de los coches, secándose al sol, pero en el fondo no hay nada. Hay cosas, claro, pero no basta con eso. Si alguien dijera lo contrario, haría oídos sordos y hasta los ojos me taparía, no fuera a adivinar algo siguiendo la línea de sus labios; si aún así algo de ello me penetrara, lo negaría cien veces. Y cien veces más, una detrás de otra, mientras fuese necesario. Que nada lo es, por otra parte. Hay cosas pero casi siempre son innecesarias. También hay días. Días mejores y días peores. Los mejores son aquellos en los que crees que hay más cosas necesarias, y a más cosas mejor día, aunque a veces funciona al revés completamente y si me apuras no hay ninguna relación entre lo uno y lo otro. Si tirásemos líneas entre unos días y otros, a modo de puentes, podríamos hacer historias, casi siempre hablando de cosas. Pero esas líneas, ¿Dónde quedan? No pesan, no están en ninguna parte. Eso es claro, las cosas que no pesan no están en ninguna parte. O en todas, según se mire, igual que pasa con dios, pero este punto no me preocupa y no insistiré más en él. Un dios reptil, menuda gilipollez, tengo la cabeza llena de pájaros, eso los días buenos. Si preguntase: ¿Qué pesa más, la alegría o la tristeza? ¿la melancolía tal vez? No merece la pena ni intentarlo, no hay quien responda con un mínimo de seriedad. Ni siquiera sé si se pesarían en la misma balanza, como tantas otras cosas que nunca sabes en que misterio encajar pero carajo, siempre están bien a la vista. Puedes sentirlas pero no ubicarlas, así nos luce el pelo, vemos las cosas con claridad por un instante pero al momento se esfuman, como quien alarga la mano hacia el agua de un oasis para llenarse la boca de arena. Los reptiles vivimos en una insolación continua, nuestra sangre fría nos condena. Sin sol no hay vida, no podemos elegir.

en -bitácora reptiliana-

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