Páginas arrancadas del diario de un reptil (21)

1 mayo 2007

De pequeño me gustaban mucho los dinosaurios. También me gustaba el resto de animales, los que todavía no se han extinguido quiero decir. Leía muchos libros al respecto. Estaban llenos de datos como la gestación más larga, cuyo record es cosa de los elefantes con veintidós meses, vaya una cosa, o los seis metros de las ballenas recién nacidas, record de tamaño para un recién parido. Recuerdo que en uno de aquellos libros había una ilustración con mamíferos de diferentes tamaños puestos unos encima de otros como en una montonera. Empezaba con una ballena azul, sobre la ballena un elefante, sobre el elefante una jirafa, luego no recuerdo bien qué bicho; en lo alto del todo un perro, un gato y sobre el gato un ratón. No había dinosaurios pero me gustaba de todos modos.

Con seis años leía prácticamente todo lo que caía en mis manos: libros, periódicos, revistas. Un mal día leí un artículo que explicaba las funciones del cerebro y todo lo que llegué a entender es que básicamente nada sucedía sin una orden previa del cerebro. Este se encargaba de dar las ordenes y los músculos de obedecerlas. La lectura me dejo perplejo, llevaba seís años moviendo mis brazos y piernas mejor o peor pero sin pedir permiso jamás. Pasé toda la mañana repitiendo mentalmente frases del tipo ‘ahora voy a andar hasta la siguiente esquina’, ‘voy a coger la cuchara y llevármela a la boca’, ‘ahora voy a masticar’, ‘ahora tragaré’, esperando que el cerebro respondiera ‘vale, no hay problema’, pero nada, no contestaba. Continué con mi cháchara, cada vez más confuso. Era inútil. Seguramente fue aquel el día en que empecé a hablar solo, una tendencia con mucho arraigo visto lo visto.

También solía ir a exposiciones a menudo, casi siempre de dinosaurios, cogía el tren con mi padre y bajábamos a la ciudad. Un día fuimos a una sala que estaba en la plaza Amárica. Había ilustraciones representando diferentes paisajes y otros con detalles de las características de cada tipo: Tiranosaurios, Diplodocus, Triceratops, Velociraptores, en grandes dibujos y con fichas técnicas completas. Los Velociraptores eran mis favoritos: listos, fuertes y trabajadores en equipo. Por aquel entonces no habían salido en ninguna película y en las exposiciones apenas les dedicaban espacio comparándolos con otros. Aquello me jodía, es la verdad. En otra sala encontré un panel de tres metros de largo en que se representaba la edad de la tierra. Lo fui siguiendo poco a poco de izquierda a derecha y, ¡oh sorpresa!, no encontré al Homo Sapiens hasta casi el final. Tampoco es que el resto de vida vertebrada tuviera demasiado espacio en la secuencia, pero encontrar a los humanos representados en aquella modesta línea vertical me dio la vuelta a la cabeza. Ni yo ni mis padres ni mis profesores ni mis compañeros ni mis abuelos, nadie pintaba una mierda en el panel. Demasiado vacío a la izquierda y a la derecha demasiada gente apretujada en aquella línea como de bolígrafo: Era insignificante, no tenía sentido. Estuvimos un rato más y salimos fuera. En el centro de la plaza había una fuente y en la fuente un hombre esculpido en metal con los brazos abiertos de lado a lado. En las palmas de las manos sujetaba un arcoiris que se extendía sobre su cabeza. El arcoiris casi no tenía color y estaba oxidado, hacía tiempo que no le daban una mano de pintura.

Aquel exceso de información producto de lecturas y estímulos innecesarios daba lugar a fenómenos singulares. Por poner un ejemplo seguía creyendo en el olentzero o los reyes magos y al mismo tiempo sabía que un día el sol se convertiría en una estrella del tipo gigante roja – en los libros ponía: gigante roja – y un mar de fuego engulliría la tierra. Los ejemplos van muy bien para casi todo. Llevaba aquellas contradicciones con naturalidad, que es como como suelen hacer los niños. Al margen de esto pensaba en la muerte con una frecuencia relativa, no tanto en la propia muerte como en la muerte en general, si es que existe algo así, que no estoy seguro.

Si todo se desarrolla con una relativa normalidad primero muere el abuelo, luego el padre y luego le toca al hijo, luego al hijo del hijo y más tarde al hijo del hijo del primer hijo, así uno detrás de otro, como una hilera de hombres cayendo por un precipicio, la vida sigue a pesar de todo. Transportamos material genético a través del tiempo, de lunes a viernes, sábados, domingos y festivos, lo paseamos un poco, lo demás son tonterías. El tiempo es una autopista bastante curiosa, por otra parte. Cuando murió mi padre, además de otras muchas cosas tuve la sensación de ser el siguiente, sin discusión, el siguiente nombre en una lista de nombres borrados cronológicamente. Hasta entonces, por decirlo de algún modo, yo guardaba cola frente al abismo mientras los demás caían, desde entonces siento que es la cola la que me espera a mí.

en -bitácora reptiliana-

2 comentarios Opina tú también

  • 1. Chis  |  1 mayo 2007 a las 6:41 pm

    Que espere la cola, que espere. No alimentemos al abismo todavía.

  • 2. laloles  |  6 mayo 2007 a las 1:51 pm

    Cuando murió mi madre , 6 años después de mi padre ,tuve una sensación parecida, en mi caso no era un abismo al que me asomaba y me engullia sino la sensación de haber dado un tremendo paso al frente y estar en la primera línea de batalla de la lucha de la vida , para el caso creo que el sentido es el mismo. Al principio acojona pero después te acomodas y agarras con más ganas la vida.

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