Páginas arrancadas del diario de un reptil (20)

12 abril 2007

Recuerdo aquel cartel rectangular en el que a la derecha de una cabeza de león, sobre fondo azul en degradado de esquina inferior izquierda a esquina superior derecha podía leerse en letras amarillas: Reserva africana de Sigean. Más abajo decía: En Francia, a 45 km de Persignan. El mismo lugar que en la segunda guerra mundial constituyó un importante punto de evasión para los perseguidos por los nazis es ahora una reserva con animales llegados de toda África, el mundo evoluciona que es una barbaridad. Así a ojo, el cartel debía medir entre 4 o 5 metros de ancho por unos 15 de largo. Me quedé con las ganas de ver aquel cabezón enorme más de cerca: Casi a diario pero siempre de lejos, nunca lo vi sino a través del cristal de la furgoneta al regresar del buzoneo.

Recuerdo el cristal de la ventanilla, manchas borrosas desplazándose a su través y un reflejo semitransparente de mi mismo. Siempre que montaba en aquellas furgonetas roncas y viejas como el demonio tenía la sensación de que acabaríamos dándonos la gran ostia, porqué no, entraba dentro de las posibilidades. Daba igual que estuviese sereno, borracho, resacoso o colocado, no podía dejar de pensarlo cada vez que montaba. En la autopista, a toda velocidad, miraba las manchas a través del vidrio imaginando una muerte inminente y mentiría si dijera que no me pateaba las tripas pensar que lo último que vería antes de diñarla sería aquella mierda borrosa e informe. Morir viendo las cosas a través de aquella ventanilla, menuda putada habría sido. En fin, el mundo es absurdo. La gente compra la lotería con la ilusión de que le toque pero nadie piensa que vaya a matarse mientras conduce ciento cuarenta por hora cuando lo segundo es bastante más probable que lo primero, que le vamos a hacer. Luego, con un poco de mala suerte uno se deja algún pedazo por el camino, eleva los brazos al cielo y pregunta ‘Porqué a mi, señor, porqué a mi’, claro, el valle de lágrimas, bla, bla. En cambio el día que se sortea el gordo y la televisión conecta con las administraciones afortunadas no parece que nadie pregunte nada, no se oye ningún ‘porqué a mi’ de los cojones, todo es champán y júbilo y es normal hasta cierto punto, la mayoría de la gente se cree merecedora de la dicha pero nunca de las desgracias, no acepta el pack.

Jeff Buckley decía en su canción Eternal life: “La vida eterna me pisa los talones/ Tengo mi ataúd reluciente preparado/ Tan sólo le falta un último clavo”. La escuchaba a menudo en la furgoneta, mientras los demás se entretenían con melendis, estopas y cosas así. Seguramente no se les pasaba por la cabeza acabar palmando en aquel ataúd de chatarra, y no hay duda de que su pensamiento era mucho más sano que el mío. Insano o no yo tenia a Buckley de mi parte y aquello era tener mucha ventaja. Además de tener una voz increíble Jeff tenía que ser un buen tío. Necesariamente. Es extraño que alguien con semejante voz no la mostrara en público hasta los veinticinco años, algo extraño de verdad. Hasta entonces había tocado la guitarra en diferentes bandas pero ni sus compañeros de grupo sabían que cantaba. Su debut como vocalista tuvo lugar en la iglesia st. Ann de Nueva York y fue una especie de tardío tributo a su padre Tim, a cuyo funeral no pudo acudir. Siempre había vivido con su madre y apenás vió a su padre un par de veces durante toda su vida. Poco después de aquel debut comenzó a cantar habitualmente en el café Sin-é de Greenwich Village, donde unos ejecutivos de Columbia records le echaron el ojo. En 1994 publico su primer album, Grace. Una puñetera joya. Escucharlo me resultaba muy reconfortante, bien escuchado el disco ofrece todo lo bueno que pueda darte una madre, un psicólogo, una puta o unas lentejas criollas y nada de lo malo, es algo mágico. Si Buckley hubiera seguido haciendo discos, si la tarde del veintinueve de Mayo de 1997 Jeff no se hubiera ahogado estupidamente en el maldito rio Wolf estoy seguro de que al final habría conseguido hacer un disco capaz de devolver la vista a los ciegos o de curar el cancer o la malaria, cualquier cosa, solo a través de su voz y vibraciones en el aire. Pero marchó al fondo del río y no apareció hasta cinco días después, seguro que también allí abajo era todo bastante borroso.

en -bitácora reptiliana-

3 comentarios Opina tú también

  • 1. Poni Jones  |  12 abril 2007 a las 7:03 pm

    BRAVO Reptil!

    y viva Jeff!!

  • 2. laloles  |  17 abril 2007 a las 8:49 pm

    enviame esa musiquita para probarla y resucitar…..

  • 3. Mandarina  |  20 diciembre 2009 a las 8:07 am

    He escuchado a Jeff y simplemente te doy la razón su voz es mágica, mística y reconfortante, pero a la vez tiene ese tono lacerante que te sobresalta y te duele hasta lo más profundo del ser…
    Alivia y desgarra, pues te hace entrar en contacto con tu ser….
    Hasta llorar de felicidad y dolor
    Todo eso me provoca, ése ser que ya no está…

    […]

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