Páginas arrancadas del diario de un reptil (05)

7 julio 2006

Cerré los ojos. A estas alturas de la vida jamás habría pensado que un colchón pudiera hacerme tan feliz, tenía las articulaciones desechas. Dormir en la calle envejece a uno, empezaba a darme cuenta. Tumbado sobre el colchón, sintiéndome caer a través de él, las palabras comenzaron a escurrirse hasta dejarme desnudo.


No sé cómo ni por que me levanté del colchón y giré la vista sobre mi espalda. Donde antes descansaba mi cuerpo ahora yacía un viejecito, como un reflejo arrugado de mí mismo. Tenía los ojos abiertos pero no miraba a ninguna parte, como si estuvieran vueltos para dentro, comenzó a hablar, como si le hablara al techo y no a mí:

– Cuando era un niño cazaba saltamontes en un camino estrecho entre dos terrenos segados, cerca de casa. Los había a montones, pululaban por allí con sus patitas de cabaret y sus caras de peces tristes. Era su autopista particular.

– ¿Y qué más?

– Recuerdo cuando de pequeño, en el pueblo, nadábamos en el río. Nos desnudábamos y nos echábamos al agua. Una orilla estaba llena de árboles desiguales y arbustos desiguales, en la otra solo había chopos, altos y espigados, plantados a intervalos regulares, creo que para hacer palillos. Palillos para dientes. Nos echábamos al agua desde esa orilla.

– ¿Y que más?

– A la izquierda quedaba un viejo puente romano, bastante tosco, no era muy original, piedras y más piedras. Nos bañábamos desnudos y cuando los que se bañaban desnudos eran otros mirábamos desde el puente.

– ¿Y por qué ahora no me miras?

– Cuando era un niño me sentaba al borde del río para ver nadar a las culebras, o como se diga lo que hacen ahí debajo, bastante mejor que nosotros, por cierto. Volaban libélulas de un palmo de envergadura, no exagero, zumbando como condenadas.

– ¿Pero por qué coño no me miras ahora?

La habitación se inundó, como una pecera gigante, y todo lo que en ella había comenzó a tambalearse, agitado por corrientes invisibles. Comencé a palpar las paredes, e intenté alcanzar la puerta para poder salir, pero ya no estaba allí. De repente me acorde del viejecito, al girarme lo vi flotando a apenas un palmo del suelo. Casi no me quedaba aire. Nadé hacía él, cuando casi lo tenía abrió los ojos y empezó a sacudirse con movimientos eléctricos. Me aparté asustado. Sus miembros se retorcían con cada espasmo, ahora encogiéndose, ahora estirándose. Ya casi no podía verlo a través de la nube de burbujas, hundí un brazo en un último intento de arrastrarlo fuera. Apreté fuerte y lo atraje hacia mí. Para mi espanto descubrí que no era un brazo de lo que tiraba, lo que sujetaba en la mano era una culebra de color negro, se apretó sobre mi puño antes escapar con una sacudida, al momento se alejó zigzagueando hasta que la perdí de vista. Cuando creía agotar el último aliento de oxígeno que quedaba en mis pulmones, desperté. Coño, coño, ya no hay agua. Menos mal.

en -bitácora reptiliana-

1 comentario Opina tú también

  • 1. Chis  |  7 julio 2006 a las 11:24 am

    Genial. Tú vales mucho, niño. Eso sí, estoy esperando, ansioso, la parte picante que se anunciaba en el anterior capítulo.

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