Páginas arrancadas del diario de un reptil (04)

30 junio 2006

Nada más despertar de mi primera noche al raso pensé en visitar a Lis en algún momento del día. No dudaba de que me iría bien hablar con alguien, además ya había pasado mes y medio desde la última vez que había coincidido con ella, ¡Mes y medio! ¿Qué habría hecho durante este tiempo? La intriga hizo que me despejara de un solo golpe. Me lavé la cara en una fuente, remangué los bajos de los pantalones hasta la rodilla y caminé hacía una panadería junto al parque con la intención de comprar algo y desayunar camino a su casa, que quedaba a media hora.

Lis vivía en un edificio con un portal viejo y sucio y una vieja, pobrecita, que estaba sola y no podía ni con el pan y vivía en el quinto, pobrecita, se llamaba Antonia. Llegué al portal mientras giraba las llaves sobre la cerradura. Toda una señal sin duda, lo importante no es llegar temprano sino llegar a tiempo.

– ¡Tu por aquí! – dijo al verme – soy Antonia, ¿te acuerdas?

La verdad es que era una abuelita bien simpática. Siempre hacía la compra a la misma hora, una mujer de costumbres a pesar de todo. Me preguntó por mis estudios, yo le expliqué lo bien que me iba sin reparar en detalles, empecé a mentir como un bellaco. Le dije que me había mudado hace poco, un piso muy amplio y con mucha luz, a todo lujo. Fantaseé con regocijo mientras le acompañaba hasta su casa, ayudandole con las bolsas. Lllevaba pan, café, unos plátanos y unas naranjas.

– ¡Qué milagro tener esas piernas! – me dijo cuando llegamos arriba y dejé las bolsas sobre la mesa de la cocina – ¿Quieres unas naranjas? Sé que a Lis le vuelven loca.

Junté los brazos contra el abdomen, haciendo un cuenquito, y comenzó a posar naranjas, primero una y luego otra, hasta seis, y con la sexta lanzó una bendición. Le di las gracias, sonriente, intrigado por lo que ahora venía, ¿Estaría Lis en casa? ¿Estará sola? Me detuve frente a la puerta y llamé con la cabeza, dos veces. Un segundo, dos segundos, tres segundos…

La puerta se abrió con un breve chasquido y apareció Lis, abrochándose un sujetador negro, uno de tiras finas y unas copas que le hacían mucha justicia, de veras. Aquellas tetas le hacían perder la cabeza a uno, madre mía, con esos pequeños pezones negros, tan bien enmarcados, esculpidos por el mismo demonio, seguramente. Llevaba un pantalón ridículo, también negro pero más gastado, de tela fina y ajustada al culo.

– ¡Mirá quien está aquí! ¡El lagartijo! – no parecía muy sorprendida.

– ¿Desde cuando te pones sujetador para recibirme? –dije, dejé caer las naranjas y abrí mucho los ojos, haciendo el idiota.

– Iba a bajar un momento, a por pan – dijo Lis – espérame dentro, ahora subo – cogió una camiseta y desapareció escaleras abajo sin decir nada más.

Me incliné sobre las naranjas. Al agacharme mi vista reparó en otras muchas cosas desperdigadas por el suelo, sobretodo vasos, un par de ellos casi llenos y otros con apenas un trago. También había libros, ediciones de bolsillo y otras ediciones más castigadas, revistas abiertas sin ton ni son, lápices de colores, sujetadores, bragas, camisetas. Todas aquellas desgracias se acumulaban alrededor de un colchón desnudo que reinaba desde el centro de la habitación, a modo de satelites alrededor de un mismo centro de gravedad, como si ese colchón fuera el sol sobre el que todo aquel desorden se articulaba de algún modo. Recogí las naranjas sin preguntarme por qué eso si y no todo lo demás. Al no tener nada más que hacer, y siendo del tipo de gente que aún teniendo algo que hacer se lo piensa bastante antes de hacer nada, me dejé caer en el colchón.

en -bitácora reptiliana-

2 comentarios Opina tú también

  • 1. txurdi  |  1 julio 2006 a las 12:18 pm

    me estoy enganchando a esto del lagartijo…
    por cierto, me mola la frase «Al no tener nada más que hacer, y siendo del tipo de gente que aún teniendo algo que hacer se lo piensa bastante antes de hacer nada»

  • 2. Txuprimo  |  2 julio 2006 a las 2:31 pm

    Y eso de los pezones esculpidos por el demonio??? Mooolaaaa

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