Archivo del día 7 febrero 2007

Páginas arrancadas del diario de un reptil (17)

Al bajar del metro cruzaba unas vías, luego otras y después de caminar durante diez minutos llegaba al trabajo. Repartía publicidad. Era un pequeño almacén de dos plantas junto a un parque. La primera planta era el almacén propiamente dicho, donde se guardaba todo el papel que teníamos que repartir, apilado en montañitas a ambos lados del estrecho pasillo central, la montañita de Miró, la montañita de Bazar Regalo, la montañita de BAUHAUS… y más cajas con los folletos más pequeños. A la derecha quedaban las escaleras para subir al piso de arriba y junto e ellas una maquina de café. Un poco más al fondo una puerta de cristal que daba a un patio interior, que era donde estaba el baño. En el baño había macetas vacías, montones de rollo de papel higiénico y posters del F.C. Barcelona de Cruyff. En la planta superior estaban los despachos.
La empresa la dirigían dos hermanas, una se encargaba de la logística y otra de la contabilidad. A la segunda casi no la veíamos, la primera era una perra de mucho cuidado. Se llamaba María, como la virgen María, un capricho de sus padres, imagino. El siguiente escalafón en la empresa era el de los conductores de furgonetas. Había cuatro furgonetas y cuatro conductores, y cada conductor era el responsable de un grupo de reparto. Las jefas y los conductores eran españoles, el resto eran todos extranjeros menos yo, ecuatorianos y marroquis principalmente. Los repartidores nos comíamos la peor parte del asunto: Cargar y descargar las furgonetas al llegar por la mañana, luego repartir todo aquel papel por los buzones de pueblos y barrios desconocidos, cinco horas caminando cargados como mulos, aguantando alguna que otra bronca en persona o a través del interfono, unos pocos insultos, y vuelta a la furgoneta. Hasta el día siguiente.

Era un trabajo para pobres diablos, muchachos y no tan muchachos, haciendo por vivir pero perdidos de la vida, caminábamos como si nada. Y lo hacíamos muy rápido.

El panorama humano deprimía al más pintado. No hice ningún amigo, tenía bastante con mis miserias como para hacerme cargo de otras nuevas, eso si que no. Varios compañeros no se podían ni ver y se ponían a parir continuamente, los conductores sobre todo. El único que de cuando en cuando me arrancaba una sonrisa era un ecuatoriano alcohólico de treinta años. Se llamaba Sócrates. No creo que lo hiciera deliberadamente pero casi siempre esperaba al domingo para agarrarse la curda más gorda de la semana. Los lunes, cuando no se quedaba cómodamente en su casa, aparecía con una resaca de antología. A la jefa aquello no le parecía demasiado bien y el día que Sócrates volvía a aparecer por allí le decía de todo delante de todos antes de despedirlo. A los dos días Sócrates imploraba perdón y volvía trabajar para volver a faltar de nuevo antes de un mes; otra vez los gritos y los reproches, otra vez el arrepentimiento; aquel simulacro de tragedia se repetía regularmente. Su actitud despertaba en mí una gran ternura, y fue lo más cercano a la amistad que experimenté en aquel trabajo. Sufrir el rigor del mismo frío y la misma lluvia, soportar las mismas miradas de desprecio, padecer juntos una misma cosa es algo que acaba por unir a los humanos; por lo visto mi condición de reptil no me permitía experimentarlo plenamente, lo sentía en mi interior como una cepa de vid que no termina de agarrar del todo, incapaz de crecer y ofrecer su fruto.

Los pobres diablos decían: Estoy esperando a que mi padre salga de la cárcel para ir a trabajar con él, por lo menos en la obra se aprende algo. Y no les faltaba razón. Los pobres diablos decían mi mujer esta embarazada otra vez, ya es la tercera, y yo con este curro de mierda, joder. Decían: No creo que pueda trabajar en otra parte, la gente desconfía de los que hemos estado en la cárcel. También: Mi mujer no lo sabe, pero estoy con una niña de quince para ver si le rompo el culo. Este último se llamaba Giovanni, un ecuatoriano de diecinueve años, su mujer tenía dieciocho y estaba embarazada de aquel mierda. Sólo hablaba de sodomizar adolescentes, del próximo móvil que se compraría y de comprarle unas Nike a su niño en cuanto naciese. Historias de mierda para un trabajo de mierda, en aquel ambiente lo más difícil era mantenerse cuerdo.
Yo hacía por no creerme todo aquello, pensar que no era real, que todo era una broma. No mires, no creas, me decía. Luego me preguntaba que estaba haciendo allí. Aguanté aquello durante un año, de primavera a primavera, de todos los trabajos que he tenido fui a encallarme en el peor de todos. Lo dejé tarde pero lo dejé a tiempo, en cualquier caso. Una temporada más allí y creo que si alguien hubiera abierto mi pecho no habría encontrado más de medio corazón. Y no digo que ahora tenga mucho más, ni que medio sea una mala cosa, ojo, todo es cuestión de querer entretenerse, todo menos el trabajo, el corazón ya lo sentía menguar.

5 comentarios 7 febrero 2007


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