Artículos sobre '-bitácora reptiliana-'

Páginas arrancadas del diario de un reptil (24)

Llamo al timbre pero nadie responde. Me pregunto si tal vez Lis no ha vuelto de su viaje. O sí, y simplemente duerme y no le apetece contestar al interfono. Tal vez crea que es el chico del correo comercial y piensa: ¿Para qué? Quizás esté con algún tipo y tenga sueño porque follaron hasta tarde, o no, tal vez tenga sueño sin más. O no, y él ya se ha ido y Lis abre un ojo, a medias para qué más, y ve su chaqueta, la de él, y se dice: ya se la daré otro día. Está tan a gusto recién jodida entre las sábanas y no le apetece moverse. No contesta.

El portal está rematado con un arco de medio punto, un enrejado de metal ocupa el semicírculo que dibuja la piedra. El enrejado dice: 1847. Las líneas de metal oxidado van girando sobre sí mismas de aquí para allá. Debajo queda el portón de madera, diría que roble, ceñido entre la piedra y adornado con dos pequeñas puertecitas en las que no queda más remedio que encogerse al pasar, como si uno les hiciese una pequeña reverencia. A lo mejor en 1847 todos los vecinos medían menos de uno cincuenta. Vete a saber.

Vuelvo a llamar y nadie contesta. Las puertecitas siguen cerradas. Otra vez: Yo, el interfono, las puertecitas; mas allá, quien sabe si Lis. De nuevo y sin haberlo planeado vuelvo a estar aquí, esperando una respuesta a través de un hilo de cobre estañado, y después de eso ¿el qué? En fin, no era lo previsto. Es todo tan precario.

Enviar comentario 19 julio 2007

Páginas arrancadas del diario de un reptil (23)

Aquella mañana me desperté temprano, apenas amanecía. Me incorporé sobre el banco y estiré los brazos tanto como pude. Luego me levanté y oriné junto a un árbol. El parque se veía precioso, es algo que me ocurre a menudo. ¿El qué? Ver todo más bonito ¿Cuando? en cuanto decido abandonarlo. Bien. Dos sacudidas y a guardar. Las gaviotas ya se agitaban en el aire, batiendo toda su envergadura contra el cielo y pintando la mañana con el ir y venir de sus graznidos, se adivinaba que el día sería soleado. Las calles estaban desiertas. Podría decirse que la ciudad, al igual que los vagabundos a mi alrededor, aún dormitaba.

Aprovechando esta tesitura, por así decirlo, ese nada por aquí nada por allá en cuanto a lo que mi vista alcanzaba, me deje llevar a toda vela, por así decirlo. Me dirigí a los melocotoneros en torno a los que había enterrado a Rusconi, ¿Hacía ya cuanto tiempo? Ni siquiera ahora soy capaz de responder al vuelo. Tal vez haciendo unas sencillas cuentas, pero dudo que sea el momento de hacer algo así. Me senté entre los melocotoneros, palpando la tierra con las manos, delicadamente. Escribí Rusconi sobre la tierra, con un dedo, luego mi nombre, con otro dedo, luego revolví la tierra, borrándolos. Importante el escribir los nombres con dedos distintos, ya tú sabes. Tomé un par de ramas y un puñado de tierra, me desnudé y caminé hacia la fuente. El agua estaba muy fría, lo que me sobresaltó. Por las mañanas ni siquiera el agua caliente me cae bien y la fría demuestra ser peor todavía, siéndome ambas muy desagradables. Comencé por tomar agua con las manos para luego aplicármela, poco a poco, por el cuerpo. El agua comenzó a templarse una vez que el frío de la noche se disipó de las subterráneas tuberías, y con ello me animé hasta el punto de acabar de cuclillas bajo el chorro después de untarme el cuerpo con la tierra que acababa de recoger. Con una mano mantenía pulsada la fuente mientras con la otra tomaba las ligeras ramas del melocotonero como improvisado y fragante rascador.

Una vez terminé recogí mis cosas y me trasladé a un banco al que ya le daba el sol. Antes de sentarme retiré el sobrante de agua con las manos, ris ras, de arriba a abajo y en repetidos gestos. La hora del desayuno. En el parque siempre desayunaba manzanas, de modo que abrí mi macuto y extraje la bolsa en la que las guardaba. Quedaban dos, cogí una y guardé la otra. Un desayuno económico y saludable, además ayudan a mantener la boca limpia. Normalmente no desayunaba nada más a no ser que me levantará con el estomago revuelto, en tal caso tomaba un cortado en un bar a fin de disponer de un baño donde despacharme cómodamente.

En lo que tardé en acabar la manzana los trabajadores más madrugadores comenzaron a desfilar por la calle. Perturbado por algo, el rubor, no lo sé, por lo que sea que era aquello, pensé que debía vestirme. Me resultó doloroso, de algún modo sí, volver a aderezarme con mis ropas pues estaban un poco sucias. El olor a melocotón de mi piel se perdería rápidamente con toda seguridad; al mismo tiempo no me decidía a seguir desnudo durante el resto del día. En definitiva me sentí triste con respecto a la necesidad de vestirme, aunque por el momento sólo tuviera puestos los pantalones. La renuncia siempre es delicada, eso es todo. De esta guisa revolví en mi macuto con la idea de realizar un pequeño inventario, modesto pero necesario, antes de despedirme de aquel lugar con un hasta nunca.

1 comentario 14 junio 2007

Páginas arrancadas del diario de un reptil (22)

En realidad no hay ninguna historia. Por lo menos aquí. Por el momento y mientras no se diga lo contrario, aquí es aquí. Creo que fuera pasa lo mismo, de todos modos. Tal vez debería empezar de nuevo. Vamos a ello. En realidad no hay ninguna historia. Ni aquí ni en ninguna parte. ¿Mejor? Puedes elegir la que más te guste. O no elegir ninguna, según sea tu situación. Poco importa, porque en realidad no hay ninguna historia y la elección en ningún caso hará variar este punto. Si todavía esperas que esto mejore en algún aspecto puedes dejar de leer ahora mismo. Para que luego digan que leer es bueno; depende de lo que leas, eso es todo. Es una generalización. Con las generalizaciones pasa eso, a veces son verdad y otras veces son mentira. Los reptiles generalizan tanto o más que las personas, por norma general. Digo por norma general para que se sepa que estoy generalizando y nadie se lleve las manos a la cabeza. Queda feo y queda dicho, a su vez. Contar historias, eso sí lo hacen igual las personas y los reptiles. Acabo de decir: Contar historias, eso sí lo hacen igual las personas y los reptiles, pero la verdad es que no lo hacen igual del todo. Las personas cuentan historias, los reptiles cuentan historias. Hasta ahí todo bien. La diferencia es que los reptiles las cuentan aún sabiendo que no hay ninguna. No las hay. No es que haya pocas, no hay ninguna. A veces se crea una especie de ilusión, pero no es más que eso, una ilusión, un truco de los hombres, de la mente de los hombres. De la mujeres también. Es reconfortante cuando sucede, y ayuda a no acabar debajo de las ruedas de los coches, secándose al sol, pero en el fondo no hay nada. Hay cosas, claro, pero no basta con eso. Si alguien dijera lo contrario, haría oídos sordos y hasta los ojos me taparía, no fuera a adivinar algo siguiendo la línea de sus labios; si aún así algo de ello me penetrara, lo negaría cien veces. Y cien veces más, una detrás de otra, mientras fuese necesario. Que nada lo es, por otra parte. Hay cosas pero casi siempre son innecesarias. También hay días. Días mejores y días peores. Los mejores son aquellos en los que crees que hay más cosas necesarias, y a más cosas mejor día, aunque a veces funciona al revés completamente y si me apuras no hay ninguna relación entre lo uno y lo otro. Si tirásemos líneas entre unos días y otros, a modo de puentes, podríamos hacer historias, casi siempre hablando de cosas. Pero esas líneas, ¿Dónde quedan? No pesan, no están en ninguna parte. Eso es claro, las cosas que no pesan no están en ninguna parte. O en todas, según se mire, igual que pasa con dios, pero este punto no me preocupa y no insistiré más en él. Un dios reptil, menuda gilipollez, tengo la cabeza llena de pájaros, eso los días buenos. Si preguntase: ¿Qué pesa más, la alegría o la tristeza? ¿la melancolía tal vez? No merece la pena ni intentarlo, no hay quien responda con un mínimo de seriedad. Ni siquiera sé si se pesarían en la misma balanza, como tantas otras cosas que nunca sabes en que misterio encajar pero carajo, siempre están bien a la vista. Puedes sentirlas pero no ubicarlas, así nos luce el pelo, vemos las cosas con claridad por un instante pero al momento se esfuman, como quien alarga la mano hacia el agua de un oasis para llenarse la boca de arena. Los reptiles vivimos en una insolación continua, nuestra sangre fría nos condena. Sin sol no hay vida, no podemos elegir.

Enviar comentario 21 mayo 2007

Páginas arrancadas del diario de un reptil (21)

De pequeño me gustaban mucho los dinosaurios. También me gustaba el resto de animales, los que todavía no se han extinguido quiero decir. Leía muchos libros al respecto. Estaban llenos de datos como la gestación más larga, cuyo record es cosa de los elefantes con veintidós meses, vaya una cosa, o los seis metros de las ballenas recién nacidas, record de tamaño para un recién parido. Recuerdo que en uno de aquellos libros había una ilustración con mamíferos de diferentes tamaños puestos unos encima de otros como en una montonera. Empezaba con una ballena azul, sobre la ballena un elefante, sobre el elefante una jirafa, luego no recuerdo bien qué bicho; en lo alto del todo un perro, un gato y sobre el gato un ratón. No había dinosaurios pero me gustaba de todos modos.

Con seis años leía prácticamente todo lo que caía en mis manos: libros, periódicos, revistas. Un mal día leí un artículo que explicaba las funciones del cerebro y todo lo que llegué a entender es que básicamente nada sucedía sin una orden previa del cerebro. Este se encargaba de dar las ordenes y los músculos de obedecerlas. La lectura me dejo perplejo, llevaba seís años moviendo mis brazos y piernas mejor o peor pero sin pedir permiso jamás. Pasé toda la mañana repitiendo mentalmente frases del tipo ‘ahora voy a andar hasta la siguiente esquina’, ‘voy a coger la cuchara y llevármela a la boca’, ‘ahora voy a masticar’, ‘ahora tragaré’, esperando que el cerebro respondiera ‘vale, no hay problema’, pero nada, no contestaba. Continué con mi cháchara, cada vez más confuso. Era inútil. Seguramente fue aquel el día en que empecé a hablar solo, una tendencia con mucho arraigo visto lo visto.

También solía ir a exposiciones a menudo, casi siempre de dinosaurios, cogía el tren con mi padre y bajábamos a la ciudad. Un día fuimos a una sala que estaba en la plaza Amárica. Había ilustraciones representando diferentes paisajes y otros con detalles de las características de cada tipo: Tiranosaurios, Diplodocus, Triceratops, Velociraptores, en grandes dibujos y con fichas técnicas completas. Los Velociraptores eran mis favoritos: listos, fuertes y trabajadores en equipo. Por aquel entonces no habían salido en ninguna película y en las exposiciones apenas les dedicaban espacio comparándolos con otros. Aquello me jodía, es la verdad. En otra sala encontré un panel de tres metros de largo en que se representaba la edad de la tierra. Lo fui siguiendo poco a poco de izquierda a derecha y, ¡oh sorpresa!, no encontré al Homo Sapiens hasta casi el final. Tampoco es que el resto de vida vertebrada tuviera demasiado espacio en la secuencia, pero encontrar a los humanos representados en aquella modesta línea vertical me dio la vuelta a la cabeza. Ni yo ni mis padres ni mis profesores ni mis compañeros ni mis abuelos, nadie pintaba una mierda en el panel. Demasiado vacío a la izquierda y a la derecha demasiada gente apretujada en aquella línea como de bolígrafo: Era insignificante, no tenía sentido. Estuvimos un rato más y salimos fuera. En el centro de la plaza había una fuente y en la fuente un hombre esculpido en metal con los brazos abiertos de lado a lado. En las palmas de las manos sujetaba un arcoiris que se extendía sobre su cabeza. El arcoiris casi no tenía color y estaba oxidado, hacía tiempo que no le daban una mano de pintura.

Aquel exceso de información producto de lecturas y estímulos innecesarios daba lugar a fenómenos singulares. Por poner un ejemplo seguía creyendo en el olentzero o los reyes magos y al mismo tiempo sabía que un día el sol se convertiría en una estrella del tipo gigante roja – en los libros ponía: gigante roja – y un mar de fuego engulliría la tierra. Los ejemplos van muy bien para casi todo. Llevaba aquellas contradicciones con naturalidad, que es como como suelen hacer los niños. Al margen de esto pensaba en la muerte con una frecuencia relativa, no tanto en la propia muerte como en la muerte en general, si es que existe algo así, que no estoy seguro.

Si todo se desarrolla con una relativa normalidad primero muere el abuelo, luego el padre y luego le toca al hijo, luego al hijo del hijo y más tarde al hijo del hijo del primer hijo, así uno detrás de otro, como una hilera de hombres cayendo por un precipicio, la vida sigue a pesar de todo. Transportamos material genético a través del tiempo, de lunes a viernes, sábados, domingos y festivos, lo paseamos un poco, lo demás son tonterías. El tiempo es una autopista bastante curiosa, por otra parte. Cuando murió mi padre, además de otras muchas cosas tuve la sensación de ser el siguiente, sin discusión, el siguiente nombre en una lista de nombres borrados cronológicamente. Hasta entonces, por decirlo de algún modo, yo guardaba cola frente al abismo mientras los demás caían, desde entonces siento que es la cola la que me espera a mí.

2 comentarios 1 mayo 2007

Páginas arrancadas del diario de un reptil (20)

Recuerdo aquel cartel rectangular en el que a la derecha de una cabeza de león, sobre fondo azul en degradado de esquina inferior izquierda a esquina superior derecha podía leerse en letras amarillas: Reserva africana de Sigean. Más abajo decía: En Francia, a 45 km de Persignan. El mismo lugar que en la segunda guerra mundial constituyó un importante punto de evasión para los perseguidos por los nazis es ahora una reserva con animales llegados de toda África, el mundo evoluciona que es una barbaridad. Así a ojo, el cartel debía medir entre 4 o 5 metros de ancho por unos 15 de largo. Me quedé con las ganas de ver aquel cabezón enorme más de cerca: Casi a diario pero siempre de lejos, nunca lo vi sino a través del cristal de la furgoneta al regresar del buzoneo.

Recuerdo el cristal de la ventanilla, manchas borrosas desplazándose a su través y un reflejo semitransparente de mi mismo. Siempre que montaba en aquellas furgonetas roncas y viejas como el demonio tenía la sensación de que acabaríamos dándonos la gran ostia, porqué no, entraba dentro de las posibilidades. Daba igual que estuviese sereno, borracho, resacoso o colocado, no podía dejar de pensarlo cada vez que montaba. En la autopista, a toda velocidad, miraba las manchas a través del vidrio imaginando una muerte inminente y mentiría si dijera que no me pateaba las tripas pensar que lo último que vería antes de diñarla sería aquella mierda borrosa e informe. Morir viendo las cosas a través de aquella ventanilla, menuda putada habría sido. En fin, el mundo es absurdo. La gente compra la lotería con la ilusión de que le toque pero nadie piensa que vaya a matarse mientras conduce ciento cuarenta por hora cuando lo segundo es bastante más probable que lo primero, que le vamos a hacer. Luego, con un poco de mala suerte uno se deja algún pedazo por el camino, eleva los brazos al cielo y pregunta ‘Porqué a mi, señor, porqué a mi’, claro, el valle de lágrimas, bla, bla. En cambio el día que se sortea el gordo y la televisión conecta con las administraciones afortunadas no parece que nadie pregunte nada, no se oye ningún ‘porqué a mi’ de los cojones, todo es champán y júbilo y es normal hasta cierto punto, la mayoría de la gente se cree merecedora de la dicha pero nunca de las desgracias, no acepta el pack.

Jeff Buckley decía en su canción Eternal life: “La vida eterna me pisa los talones/ Tengo mi ataúd reluciente preparado/ Tan sólo le falta un último clavo”. La escuchaba a menudo en la furgoneta, mientras los demás se entretenían con melendis, estopas y cosas así. Seguramente no se les pasaba por la cabeza acabar palmando en aquel ataúd de chatarra, y no hay duda de que su pensamiento era mucho más sano que el mío. Insano o no yo tenia a Buckley de mi parte y aquello era tener mucha ventaja. Además de tener una voz increíble Jeff tenía que ser un buen tío. Necesariamente. Es extraño que alguien con semejante voz no la mostrara en público hasta los veinticinco años, algo extraño de verdad. Hasta entonces había tocado la guitarra en diferentes bandas pero ni sus compañeros de grupo sabían que cantaba. Su debut como vocalista tuvo lugar en la iglesia st. Ann de Nueva York y fue una especie de tardío tributo a su padre Tim, a cuyo funeral no pudo acudir. Siempre había vivido con su madre y apenás vió a su padre un par de veces durante toda su vida. Poco después de aquel debut comenzó a cantar habitualmente en el café Sin-é de Greenwich Village, donde unos ejecutivos de Columbia records le echaron el ojo. En 1994 publico su primer album, Grace. Una puñetera joya. Escucharlo me resultaba muy reconfortante, bien escuchado el disco ofrece todo lo bueno que pueda darte una madre, un psicólogo, una puta o unas lentejas criollas y nada de lo malo, es algo mágico. Si Buckley hubiera seguido haciendo discos, si la tarde del veintinueve de Mayo de 1997 Jeff no se hubiera ahogado estupidamente en el maldito rio Wolf estoy seguro de que al final habría conseguido hacer un disco capaz de devolver la vista a los ciegos o de curar el cancer o la malaria, cualquier cosa, solo a través de su voz y vibraciones en el aire. Pero marchó al fondo del río y no apareció hasta cinco días después, seguro que también allí abajo era todo bastante borroso.

3 comentarios 12 abril 2007

Páginas arrancadas del diario de un reptil (19)

Lo primero que te soltaban a la cara al firmar el contrato era que meterías una hora extra diaria que no se reflejaría en ningún contrato y/o nómina. Con otras palabras, pero así de claro. Firmé un contrato de 9 a 14. Me explicaron que las cinco horas se correspondían con el tiempo efectivo de reparto y había que estar media hora antes en las oficinas de la empresa para desplazarse hasta el lugar de reparto. A las dos la furgoneta hacía la recogida y sobre las dos y media estabas de vuelta en las oficinas. Una hora extra diaria gratis, aquello insultaba a la misma vida. Con todo, firmé con soltura. Estaba allí y sabía porqué estaba allí, no dudé ni un instante. Necesitaba dinero urgentemente para pagar el alquiler y no quedarme tirado en la calle, qué ironía. Podía haber trabajado en algo menos perro, haber pedido dinero, pero firmé. Todavía no sé porqué, no con claridad. Firmé a las ocho y media de la mañana, justo antes de empezar a cargar mis primeros paquetes de publicidad.

Había un destino, nunca recuerdo si Mataró o Martorell – porqué para mi los nombres solo era garabatos sobre un plano fotocopiado-, en el que había un puente llamado El puente del Diablo. Siempre que iba a aquel pueblo organizaba mi ruta para llegar al puente a media mañana, justo a la hora del almuerzo. Me hacia gracia el nombre y era un lugar tranquilo. Comía algo asomado sobre el río tratando de no pensar en nada, escuchando el viento que soplaba, eso hacía. Los días soleados eran lo mejor del mundo.

Pont del Diable.1867(Fotografía Martínez Sánchez) Link

Otras pocas veces nos tocaba repartir en zonas residenciales, lugares apartados y poco transitados. Josemari, el más veterano de todos, siempre nos recordaba que lleváramos piedras en la mochila por si nos encontrábamos con algún perro suelto. Imagino que con los años se había llevado muchos sustos y nunca se olvidaba de decirlo. Era gracioso porque no decía piedras exactamente, decías piedghas, o algo así, era incapaz de pronunciar las erres, no podía. A lo mejor era un problema que le venía de niño, pero mi teoría era que de tanto decir correo comercial se le había atrofiado el paladar y la lengua ya no le rebotaba. Josemari. Nunca se lo pregunté. Dos de aquellas urbanizaciones crecían sobre la colina de una montaña. Eran verdaderos rompepiernas, calles y bocacalles arriba y abajo con pendientes de más del trece por ciento, y la mochila a cuestas. Al llegar arriba del todo me sentía fabulosamente bien con sólo respirar aquel aire y echar una meada, sólo eso, reluciente en mi sudoroso esplendor. Arriba del todo y durante un momento me sentía terriblemente vivo, endurecido y orgulloso de algún modo. Todo el aire del mundo cabía en mis pulmones, eso sentía. Unas vistas magnificas. Y paz. Recuerdo descalzarme sentado al borde del camino, y posar los pies sobre el asfalto para retirarlos medio segundo después y observar la huella de vapor que quedaba dibujada sobre la carretera. Eran semejantes a dos medias lunas, una frente a la otra, y me gustaba observarlas mientras el sol consumía su contorno. Cuando se borraban del todo volvía a mover los pies y observaba como desaparecían estas nuevas huellas, hasta que los pies se secaban y ya casi no dejaban vapor y dejaba de moverlos y de mirar al suelo y volver a moverlos.

A veces envidio el don de la memoria que poseen los mamíferos. Cuando recuerdo alguno de aquellos momentos me imagino un poco más mamífero, un poco menos reptil, como el gorrino que busca trufas entre el barro, más cerca de los humanos.

2 comentarios 15 marzo 2007

Páginas arrancadas del diario de un reptil (18)

Ya había repartido publicidad con otra empresa, pero esto era otra cosa. La otra empresa era un cachondeo; aquí el trabajo era realmente duro y a menos que te machacases a diario estabas en la calle, la mayoría de la gente no aguantaba más de tres días. El desfile de compañeros era continuo, diría que cada semana aparecían no menos de cinco chicos nuevos. Lo de los tres días era una medida crucial, el tiempo en que se probaba si se valía para aquello, si se era lo bastante duro para soportarlo y no tan idiota como para liarse con los planos. Cada mañana la furgoneta te dejaba en un lugar desconocido con quince kilos de papel y el plano de la zona que tenías asignada. Para completarlo no bastaba con ser rápido de piernas, era imprescindible diseñar una buena ruta para completar todas las aceras sin caminar dos veces por ninguna de ellas, lo que requería de unos buenos algoritmos para estructurar el camino a seguir. Durante aquel año repartí publicidad por las calles de Alella, Cardedeu, Castellar del Vallés, Calella, Sant Joan Despí, Castelldefels, Centelles, Cerdanyola del Vallés, Cervelló, Corbera, Cornellá, Cubillas, Gavá, Hospitalet, Igualada, Manresa, Martorell, Mataró, Molins de Rey, Mollet del Vallés, Montcada, Montmeló, Montornes del Vallés, Badalona, Badia del Vallés, Barberá del Vallés, La Palma de Cervelló, Pallejá, Parets del Vallés, El Prat, Ripollet, Sant Adriá de Besós, Sant Boi, Sant Cugat, Sant Feliú de Llobregat, Sant Just Desvern, Sant Pere de Ribes, Sant Quirze del Vallés, Sant Vicenç dels Horts, Santa Coloma de Cervelló, Santa Coloma de Gramenet, Sitges, Terrassa, Torelló, Vallirana, Viladecans, Rubí, Sabadell, Vilafranca del Penedès, Vilanova i la Geltrú y El Vendrell, y algún otro que ya no recuerdo.

La velocidad de buzoneo también era vital. Buzoneo: meter el dichoso papel dentro del buzón. Muchas veces repartíamos tres folletos a la vez y la verdad es que meter los tres a la vez era difícil de cojones. El primer día crees que es imposible y te destrozas los dedos con el metal de los buzones, no dejas de levantarte padrastros en toda la mañana. Pero sí que se puede, requiere de un aprendizaje lento hasta desarrollar la técnica precisa, rápida y sin heridas. Dependiendo de la zona que trabajáramos podíamos llegar a repartir hasta ocho mil folletos en cinco horas, y cada segundo ganado en el buzoneo significaba un montón de tiempo a lo largo de la mañana y tal vez la diferencia entre tener o no trabajo al día siguiente: o aprendías rápido o ibas fuera. Tardé en adquirir la dichosa técnica, y durante ese tiempo la mercromina fue cosa de cada día. Otros hacían trampas: tirar folletos en papeleras o marcar calles que no habían trabajado para compensar sus malas maneras, pensando que no habría nadie vigilando su trabajo, ilusos. La empresa funcionaba siguiendo una máxima: éramos todos unos mangantes. Ese mismo día estaban en la calle.

De algún modo representábamos el segundo vértice de un triangulo equilátero perfectamente equilibrado y consistente en la impresión del papel primero, la distribución del papel impreso después y por último papel directo a la basura y fin de la historia. Tres líneas formando tres ángulos de idéntica estupidez. A veces ni siquiera llegábamos a repartir ese papel, descargábamos ocho mil folletos de un camión para inmediatamente cargar una parte en una furgoneta con destino a los hornos. Verdadera cosa de locos. La jefa cobraba por un trabajo en el que no respetaba el volumen de reparto y al mismo tiempo una planta química cercana le daba un dinero por quemar la parte que no repartía. Tal cual. Recibía un dinero por quemarlo, joder. Era increíble la tía. Increíble.

Un día, descargábamos papel de una furgoneta yo y otro chico. Era su segundo día en el trabajo. No recuerdo su nombre: cerca de treinta años, con el pelo cortado a cepillo y gesto de galán de película americana de los cincuenta. Los folletos venían empaquetados con cintas de plástico, como si fueran fardos, cada uno de un palmo de ancho aproximadamente. Dependiendo del grosor y la calidad del papel venían en grupos de entre veinticinco y hasta cincuenta. Era un infierno recoger peso del suelo una y otra vez mientras tratabas de no golpearte con el techo de la furgoneta al levantarte y no cortarte las manos, los dedos o bajo las uñas con el papel. Por más atención que prestaras al coger los paquetes volvías a cortarte si no era al día siguiente, dos días después. Podías dejar de cortarte con los buzones, con el papel siempre repetías. Aquella mañana no me había cortado todavía. Me dolía la espalda y quedaba la mitad de la furgoneta. La jefa se nos acercó acompañada de su hermana, la de las cuentas, y le dijo al chico que se acercara. Nuestro galán americano. Dejó el trabajo por un momento y se asomo sin decir nada. Un poco más, dijo ella, y él se acercó un poco más.

Azules, ¿lo ves? – dijo la jefa dirigiéndose a su hermana – te dije que los tenía azules.

Dieron media vuelta y desaparecieron en el almacén. Recé al Dios de los reptiles para que del cielo cayera un piano, un rayo, un suicida, en fin, algo. Algo que le atinara de pleno en la cabeza, pero no. Al chico lo despidió a los dos días. Y ya.

6 comentarios 26 febrero 2007

Páginas arrancadas del diario de un reptil (17)

Al bajar del metro cruzaba unas vías, luego otras y después de caminar durante diez minutos llegaba al trabajo. Repartía publicidad. Era un pequeño almacén de dos plantas junto a un parque. La primera planta era el almacén propiamente dicho, donde se guardaba todo el papel que teníamos que repartir, apilado en montañitas a ambos lados del estrecho pasillo central, la montañita de Miró, la montañita de Bazar Regalo, la montañita de BAUHAUS… y más cajas con los folletos más pequeños. A la derecha quedaban las escaleras para subir al piso de arriba y junto e ellas una maquina de café. Un poco más al fondo una puerta de cristal que daba a un patio interior, que era donde estaba el baño. En el baño había macetas vacías, montones de rollo de papel higiénico y posters del F.C. Barcelona de Cruyff. En la planta superior estaban los despachos.
La empresa la dirigían dos hermanas, una se encargaba de la logística y otra de la contabilidad. A la segunda casi no la veíamos, la primera era una perra de mucho cuidado. Se llamaba María, como la virgen María, un capricho de sus padres, imagino. El siguiente escalafón en la empresa era el de los conductores de furgonetas. Había cuatro furgonetas y cuatro conductores, y cada conductor era el responsable de un grupo de reparto. Las jefas y los conductores eran españoles, el resto eran todos extranjeros menos yo, ecuatorianos y marroquis principalmente. Los repartidores nos comíamos la peor parte del asunto: Cargar y descargar las furgonetas al llegar por la mañana, luego repartir todo aquel papel por los buzones de pueblos y barrios desconocidos, cinco horas caminando cargados como mulos, aguantando alguna que otra bronca en persona o a través del interfono, unos pocos insultos, y vuelta a la furgoneta. Hasta el día siguiente.

Era un trabajo para pobres diablos, muchachos y no tan muchachos, haciendo por vivir pero perdidos de la vida, caminábamos como si nada. Y lo hacíamos muy rápido.

El panorama humano deprimía al más pintado. No hice ningún amigo, tenía bastante con mis miserias como para hacerme cargo de otras nuevas, eso si que no. Varios compañeros no se podían ni ver y se ponían a parir continuamente, los conductores sobre todo. El único que de cuando en cuando me arrancaba una sonrisa era un ecuatoriano alcohólico de treinta años. Se llamaba Sócrates. No creo que lo hiciera deliberadamente pero casi siempre esperaba al domingo para agarrarse la curda más gorda de la semana. Los lunes, cuando no se quedaba cómodamente en su casa, aparecía con una resaca de antología. A la jefa aquello no le parecía demasiado bien y el día que Sócrates volvía a aparecer por allí le decía de todo delante de todos antes de despedirlo. A los dos días Sócrates imploraba perdón y volvía trabajar para volver a faltar de nuevo antes de un mes; otra vez los gritos y los reproches, otra vez el arrepentimiento; aquel simulacro de tragedia se repetía regularmente. Su actitud despertaba en mí una gran ternura, y fue lo más cercano a la amistad que experimenté en aquel trabajo. Sufrir el rigor del mismo frío y la misma lluvia, soportar las mismas miradas de desprecio, padecer juntos una misma cosa es algo que acaba por unir a los humanos; por lo visto mi condición de reptil no me permitía experimentarlo plenamente, lo sentía en mi interior como una cepa de vid que no termina de agarrar del todo, incapaz de crecer y ofrecer su fruto.

Los pobres diablos decían: Estoy esperando a que mi padre salga de la cárcel para ir a trabajar con él, por lo menos en la obra se aprende algo. Y no les faltaba razón. Los pobres diablos decían mi mujer esta embarazada otra vez, ya es la tercera, y yo con este curro de mierda, joder. Decían: No creo que pueda trabajar en otra parte, la gente desconfía de los que hemos estado en la cárcel. También: Mi mujer no lo sabe, pero estoy con una niña de quince para ver si le rompo el culo. Este último se llamaba Giovanni, un ecuatoriano de diecinueve años, su mujer tenía dieciocho y estaba embarazada de aquel mierda. Sólo hablaba de sodomizar adolescentes, del próximo móvil que se compraría y de comprarle unas Nike a su niño en cuanto naciese. Historias de mierda para un trabajo de mierda, en aquel ambiente lo más difícil era mantenerse cuerdo.
Yo hacía por no creerme todo aquello, pensar que no era real, que todo era una broma. No mires, no creas, me decía. Luego me preguntaba que estaba haciendo allí. Aguanté aquello durante un año, de primavera a primavera, de todos los trabajos que he tenido fui a encallarme en el peor de todos. Lo dejé tarde pero lo dejé a tiempo, en cualquier caso. Una temporada más allí y creo que si alguien hubiera abierto mi pecho no habría encontrado más de medio corazón. Y no digo que ahora tenga mucho más, ni que medio sea una mala cosa, ojo, todo es cuestión de querer entretenerse, todo menos el trabajo, el corazón ya lo sentía menguar.

5 comentarios 7 febrero 2007

Páginas arrancadas del diario de un reptil (16)

Este asunto de la latencia vital, eso de tardar demasiado en tomar consciencia de los problemas y navegar durante demasiado tiempo sin darme cuenta de qué era ese algo que jodía mis pequeñas matemáticas, es una de las muchas cosas que siempre me han preocupado y que todavía no me he conseguido explicar.
En cualquier caso no quisiera dar la impresión de que estas preocupaciones sean algo excepcional, los reptiles somos incapaces de llevar nuestros pensamientos demasiado lejos y esto afecta también a este tipo de inquietudes. Me refiero a que nuestras preocupaciones siempre serán menores si las comparamos con las de los mamíferos en general y las de los humanos en particular, para bien o para mal. Digamos que los reptiles nos preocupamos el mínimo necesario para poder cambiar algo en algún momento, aunque sea tarde.

Valga un ejemplo: cuando tomaba el metro para ir a mi último trabajo siempre me montaba en el vagón de cabeza, y para estar lo más cerca posible de la salida al bajarme y ser el primero en llegar a las escaleras elegía la primera puerta. Los vagones de cola y cabeza son casi siempre los que más llenos van y cada día sentía una sincera tristeza a causa de la aglomeración, que habitualmente reciclaba en forma de juramentos. Pues bien, necesité casi cuatro meses en darme cuenta de que no merece la pena sentir ganas de machacar un vagón entero por llegar dos minutos antes a ningún sitio y que la solución era tan fácil como montarse media docena de puertas más allá. Tan fácil como eso. Pues nada, cinco días a la semana durante cuatro meses necesité para caer en la cuenta de que el tumulto era evitable.
A partir de entonces pasé a ocupar la séptima puerta desde la cabeza del tren, siempre la misma, por eso de economizar decisiones. Además el siete es un número con mucho trasfondo y sinónimo de perfección en algunas culturas, y me dije: “Que ostias, no te cuesta nada hacer las cosas bien”; pensé que me ayudaría a integrarme en las culturas mamíferas.
Entre otras cosas son siete las notas entre Si y Do igual que son siete son los días de la semana y siete los colores del arcoiris. A saber: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, índigo y violeta, en este orden de fuera hacia adentro. También hay siete pecados capitales y dicen que el mundo se creó en siete días, aunque este punto es más difícil de comprobar, no es como el arcoiris, que basta con mirarlo durante un rato y saber un poco sobre colores. Rusconi tenía siete vidas, porque era un gato, pero aún así ya no está conmigo porque cuando los gatos mueren por séptima vez palman como todo el mundo.
A los dos días me encontré con que era incapaz de captar diferencia alguna entre los humanos que había cerca de la séptima puerta y los de las demás, a pesar de lo expuesto anteriormente. De vez en cuando subía alguien con un contrabajo que ocupaba lo que dos personas, tres contándolo a él, o señores con traje y una tarjeta en el ojal en la que se leía “Hermanos de Cristo” o chicas vestidas con muchos colores, pero eso pasaba igual en otras puertas. En definitiva, no intuía en ellos pensamientos en torno a ese número – los reptiles podemos hacer este tipo de cosas, siempre que el pensamiento a intuir no sea definitivo en lo que a nuestro devenir se refiere – ni ningún tipo de parentesco mágico, así que después de mascar el asunto durante un rato imaginé que estaba contando puertas en el lugar equivocado.

3 comentarios 11 enero 2007

Páginas arrancadas del diario de un reptil (15)

En el parque, eramos dos los fijos a la hora de dormir, yo y un cincuentón ex-farlopero que antes debía ser abogado, abogado de éxito, eso decía. “Podía llegar a gastar cincuenta mil pesetas al día, ahora solo necesito tres euros: dos para tabaco y uno para una barra de pan”. Era su frase favorita. De la clase de personas que solo saben hablar de sí mismas, un aburrido y un pesado de cojones. Era mala pareja de baile, cuando lo veía cerca procuraba no dar pie a ninguna conversación. Otros ‘habituales’ rotaban y dormían un día de cada dos o tres, a otros los veías un día y no volvían a aparecer. Algunos llevaban equipaje de veras, trastos y trastos en carros enormes. Yo era, con diferencia, el menos preparado de todos. Uno hasta tenía una cama montada dentro del carro, un trabajo fino, ya lo creo. Llegaban al anochecer, montaban el camastro y poco más, al llegar la oscuridad cesaban las palabras. La misma persona podía contarte la misma historia varias veces al día durante tres días – como hacía el abogado – mientras hubiese luz, pero por la noche ¡Ay por la noche! Por la noche, amigo, todos callaban. Por la noche todo era silencio y luz de farolas.

 farolas.JPG 

Mi pequeño corazón palpitaba ante el miedo a una posible paliza nocturna, a cuenta de unos niñatos o de los propios compañeros de parque; hasta que no estas ahí no sabes qué es desconfiar de todo, de todos. Por si fuera poco el abogado había llamado mi atención al respecto de lo que él creía mis ‘marcados rasgos femeninos’, que como gustaba de repetir no eran habituales en ‘un hombre de la calle’, como se autodenominaba. Nunca he sido de sueño fácil y en aquel ambiente plagado de sombras encontrar la paz me resultaba más difícil todavía.

Hacia las doce dejaba de haber gente en los alrededores y el tráfico era menos denso. A las dos no se veía ni un coche, los semáforos seguían funcionando sin que nadie reparara en ellos. Incapaz de dormir, imaginaba una imagen fija de la calle en la que, en sucesivos amaneceres, desaparecían los coches y los semáforos dejaban de funcionar, las calles se vaciaban de personas hasta no quedar ninguna – incluso sentía desaparecer a quienes dormitaban a mi alrededor-; más tarde los edificios abandonados se iban convirtiendo en polvo y todo lo que el hombre había construido se iba a la mierda definitivamente. Siempre era igual: Las calles desiertas, los cristales rotos en las ventanas agitadas por el viento, luego silencio y nada más, erosionándolo todo con el rebote de su falso eco, hasta no dejar nada.

No sé cuanto tiempo tardé en hartarme de aquello. Quiero decir, recuerdo que antes de una semana no podía ya más, pero normalmente transcurre un tiempo entre el momento en el que la cosa no va bien sin que te des verdadera cuenta y el momento en el que tomas conciencia de ello y haces algo al respecto, el día en que solucionas algo para, tal vez, empezar a estropear otra cosa. No es cuestión del lugar, creo, es cuestión del equipaje. Pero todo ayuda. Llegado el día desperté y me dije: No quiero volver a despertar aquí.

Enviar comentario 30 diciembre 2006

Artículos anteriores


Calendario

diciembre 2017
L M X J V S D
« Abr    
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
25262728293031

En el congelador

Busca tu ingrediente