Artículos sobre '-bitácora reptiliana-'

Páginas arrancadas del diario de un reptil (04)

Nada más despertar de mi primera noche al raso pensé en visitar a Lis en algún momento del día. No dudaba de que me iría bien hablar con alguien, además ya había pasado mes y medio desde la última vez que había coincidido con ella, ¡Mes y medio! ¿Qué habría hecho durante este tiempo? La intriga hizo que me despejara de un solo golpe. Me lavé la cara en una fuente, remangué los bajos de los pantalones hasta la rodilla y caminé hacía una panadería junto al parque con la intención de comprar algo y desayunar camino a su casa, que quedaba a media hora.

Lis vivía en un edificio con un portal viejo y sucio y una vieja, pobrecita, que estaba sola y no podía ni con el pan y vivía en el quinto, pobrecita, se llamaba Antonia. Llegué al portal mientras giraba las llaves sobre la cerradura. Toda una señal sin duda, lo importante no es llegar temprano sino llegar a tiempo.

- ¡Tu por aquí! – dijo al verme – soy Antonia, ¿te acuerdas?

La verdad es que era una abuelita bien simpática. Siempre hacía la compra a la misma hora, una mujer de costumbres a pesar de todo. Me preguntó por mis estudios, yo le expliqué lo bien que me iba sin reparar en detalles, empecé a mentir como un bellaco. Le dije que me había mudado hace poco, un piso muy amplio y con mucha luz, a todo lujo. Fantaseé con regocijo mientras le acompañaba hasta su casa, ayudandole con las bolsas. Lllevaba pan, café, unos plátanos y unas naranjas.

- ¡Qué milagro tener esas piernas! – me dijo cuando llegamos arriba y dejé las bolsas sobre la mesa de la cocina - ¿Quieres unas naranjas? Sé que a Lis le vuelven loca.

Junté los brazos contra el abdomen, haciendo un cuenquito, y comenzó a posar naranjas, primero una y luego otra, hasta seis, y con la sexta lanzó una bendición. Le di las gracias, sonriente, intrigado por lo que ahora venía, ¿Estaría Lis en casa? ¿Estará sola? Me detuve frente a la puerta y llamé con la cabeza, dos veces. Un segundo, dos segundos, tres segundos…

La puerta se abrió con un breve chasquido y apareció Lis, abrochándose un sujetador negro, uno de tiras finas y unas copas que le hacían mucha justicia, de veras. Aquellas tetas le hacían perder la cabeza a uno, madre mía, con esos pequeños pezones negros, tan bien enmarcados, esculpidos por el mismo demonio, seguramente. Llevaba un pantalón ridículo, también negro pero más gastado, de tela fina y ajustada al culo.

- ¡Mirá quien está aquí! ¡El lagartijo! – no parecía muy sorprendida.

- ¿Desde cuando te pones sujetador para recibirme? –dije, dejé caer las naranjas y abrí mucho los ojos, haciendo el idiota.

- Iba a bajar un momento, a por pan – dijo Lis - espérame dentro, ahora subo - cogió una camiseta y desapareció escaleras abajo sin decir nada más.

Me incliné sobre las naranjas. Al agacharme mi vista reparó en otras muchas cosas desperdigadas por el suelo, sobretodo vasos, un par de ellos casi llenos y otros con apenas un trago. También había libros, ediciones de bolsillo y otras ediciones más castigadas, revistas abiertas sin ton ni son, lápices de colores, sujetadores, bragas, camisetas. Todas aquellas desgracias se acumulaban alrededor de un colchón desnudo que reinaba desde el centro de la habitación, a modo de satelites alrededor de un mismo centro de gravedad, como si ese colchón fuera el sol sobre el que todo aquel desorden se articulaba de algún modo. Recogí las naranjas sin preguntarme por qué eso si y no todo lo demás. Al no tener nada más que hacer, y siendo del tipo de gente que aún teniendo algo que hacer se lo piensa bastante antes de hacer nada, me dejé caer en el colchón.

2 comentarios 30 Junio 2006

Páginas arrancadas del diario de un reptil (03)

Después de un rato buceando a través de cestos de mimbre cargados de saldos, entre viejas colecciones de Agatha Christie y best-sellers ochenteros encontré una novela de Boris Vian, El arrancacorazones, lo que al momento identifiqué como el mejor de los presagios, ¡Qué felicidad! Sentí mi ánimo suavizarse, escapar del torbellino que se abría en mi horizonte. Esta efervescencia, mágica y sensual, hizo que me inclinara por un vino espumoso para celebrar la buena nueva. Al descorchar la botella de Lambrusco y mientras todas aquellas burbujitas se deslizaban por mi garganta, ya en el parque, me acordé de la parábola china sobre la que escribió Hesse y pensé en las moléculas de agua atrapadas en el vidrio, en las que poblaban mi cuerpo y mi sangre, todas ellas con la misma edad del universo… me sentí dichoso y en paz.

Por desgracia estos momentos de beatitud no tardan en desvanecerse, y si bien la lectura acompañaba el humor inicial comencé a padecer el primer inconveniente de mi nueva vida: el sol caía de plano y no podía mantener fresco el bebercio. El Lambrusco, cada vez más caliente, resultaba un castigo incluso para un paladar flexible como el mío, aquello era insoportable. Ahí estaba, sin pasado ni futuro, como una lagartija pegada a la pared, sudando las páginas del libro, de cuyo embrujo me alejaba cada vez más. Me sentí triste y abandonado. En la puta calle. Estos cambios de humor van a matarme algún día, mascullé, odiándome un poquito por haberme apartado tan pronto de la buena línea. Busqué en la mochila, entre mis papeles, deje a Vian a un lado y tomé uno de ellos, repasé algo que había escrito poco antes de morir Rusconi:

“… a veces puedo borrar las nubes con un dedo, otras me siento el punto donde el mundo se desploma y muere. Es lo mismo y no es lo mismo, es la vida que nos pasa por encima. Me pregunto cuantas horas tendré que suicidar, cuantos días necesitaré para dejar de pillarme los dedos en los viejos mecanismos. No tenemos más respuestas, agotamos las excusas; a veces todo sobra y seguramente sea lo mismo que echaremos en falta.”

Recordé lo que sentí al escribir aquel día, lo que sentía antes y después de haberlo escrito. No era muy distinto de los palpitos que ahora se revolvían en mí, agitándose en círculos imperfectos. Me puse tan serio que no pude evitar sentirme imbécil perdido. La parábola china, la parábola china…

Para empezar por el principio

Enviar comentario 20 Junio 2006

Páginas arrancadas del diario de un reptil (02)

Ya en la calle comencé a andar en dirección a un parque, uno que quedaba a dos manzanas de allí. Me temblaban las rodillas. Por lo menos el tiempo acompaña, me dije, una de las ventajas del mediterráneo, no hay duda, sí, es verdad, toda una suerte este solecillo tan rico… pasé un rato hablando del tiempo conmigo mismo y funcionó, el tembleque casi había desaparecido.

El parque se hundía levemente bajo la línea de la calle, cuatro carriles de circulación a cada lado, dibujando una especie de triangulo. En el centro había una plaza rodeada por un enorme banco circular, me gustaba porque siempre había un punto del banco en el que el sol te daba en la cara. No era muy concurrido, además. Llegué abajo y me detuve mientras observaba los melocotoneros que florecían en la pendiente. Me sobrevino el recuerdo de Rusconi, pobrecito gato, mi gatito de ojos grandes, tumbado a mi lado hace sólo seis días, ahora muerto y enterrado. Por siempre jamás, ahí es nada. Me tumbé boca arriba recostando la cabeza sobre la mochila y encendí un cigarro. Te lo mereces, me dije, vaya día más jodido. Mientras fumaba pensé en como una vez encendido comienza a consumirse, el cigarro, más rápido o más lento pero inevitablemente, y en como esas variaciones en el ritmo coinciden con nuestra relación con el tiempo; momentos de pausa y observación quieta en los que ardemos lentamente y al lado de estos los otros, en los que el fuego se aviva y sentimos con intensidad nuestros pulmones llenos de aire, momentos que realmente se pueden considerar vividos. Del girar de esta rueda se desprende el humo, como el eco de todos nuestros actos, su sordo rumor, ascendiendo y alejándose en hilos armoniosos hasta diluirse. Las caladas y los giros se suceden mientras observamos la distancia entre todos ellos y también la que nos lleva hasta el principio de toda esta historia, cada vez más lejano, y la certeza del final y la distancia infranqueable. No era el mejor momento para discurrir, necesitaba distraerme con algo, dejar de pensar durante un rato. Revolví en mis bolsillos primero y en la mochila después; eché unas cuentas. Cinco euros: un libro viejo y una botella de vino. Libro viejo y botella de vino a la de una, a la de dos, a la de tres. Libro viejo y botella de vino para el caballero.

Viene de…

3 comentarios 12 Junio 2006

Páginas arrancadas del diario de un reptil (01)

Lo más complicado es comenzar. Casi siempre. Tardamos en tomar el primer impulso, conocer el punto de partida. Luego la cosa marcha, una palabra detrás de otra, una frase detrás de otra, sin exagerar, sin ser demasiado coherentes, no conviene reñir con la inercia. Una palabra detrás de la otra, hasta la última, luego volver a empezar. Son caprichosas, las ideas. También las palabras.

Para empezar por el principio diré que llamaron a la puerta y al abrir me encontré con aquel hombre de piel gruesa. Es necesario un mínimo de orden. Sin exagerar, ya está dicho. Tenía el morro arrugado y agitaba arriba y abajo unos papeles amarillos. Multas, decía. Dos esta semana y ya van tres en un mes, demasiado ruido, decía. Vaya, pensé, ¿como es posible?

El tío parecía cabreado, es de suponer que tenía sus razones, me informó de sus planes de desahucio. Le dije verá, hace unos días murió mi gato y he tratado de de honrarle con un funeral al estilo africano. Al hombre se le puso mala cara, la verdad. Antes de girarse aguantó la mueca unos segundos, como aturdido. No quería oír nada más. Ni un atisbo de empatía; cerré la puerta suavemente.

Un rato después se hizo acompañar por dos compadres con la intención de sacarme de allí a la fuerza, si fuera necesario. No sentí gran cosa en el momento, no soy muy dado a ello, pero cierto malestar me rondaba las tripas y en menor medida la cabeza mientras recogía mis bártulos deprisa y corriendo, acuciado por desconocidos, de mala manera. Tampoco había mucho que recoger - la modestia de mis pertenencias era ejemplar -; se podría decir que no tuve tiempo de ir más allá en mis sensaciones. Y no estaría mal dicho.

3 comentarios 6 Junio 2006

Artículos siguientes


Calendario

Noviembre 2008
L M M J V S D
« Oct    
 12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930

En el congelador

Busca tu ingrediente