Artículos sobre '-bitácora reptiliana-'
De vez en cuando pensaba en ir a buscar a Leonard a la universidad, se me antojaba una posiblidad bastante probable, que son mis posibilidades favoritas, aunque no siempre. Lo último que sabía de él era que lo habían despedido de su ultimo trabajo – vigilante nocturno en un parking -, y que esperaba a cobrar una indemnización, según me dijo Lis. De todos modos no era más que producto de su imaginación, hablo de Leonard, como supe más tarde no había ningún indicio de que fueran a indemnizarle de ninguna de las maneras, era único montándose películas. Quien más quien menos lo hace de vez en cuando pero los suyo era espectacular, algo fuera de lo común.
De modo que supuse que habría vuelto a su rutina en la facultad de filosofía, cuando no trabajaba podía pasarse sus buenas seis horas al día allí. Cogiendo apuntes, paseando, cogiendo apuntes con la cerveza en la mano, leyendo. Lo cojonudo es que no estaba matriculado, era básicamente un quinqui, pero aquello le gustaba, era lo suyo. Mientras tanto intercalaba trabajos absurdos uno detrás de otro, normalmente no le duraban más de quince días. En eso sí que era constante, no fallaba. Desde que lo conocí había sido pizzero, mozo de almacen en la SEAT, panadero, mozo de almacén en Fagor, modelo de boddy painting, encuestador, encargado de una tienda de tatuajes y repartidor de publicidad. Yo también había sido repartidor de publicidad y nos gustaba comentar anecdotas de aquellos tiempos. Mi favorita era una en la que un día de mucho frío, una chavalilla de diceisiete que vivía en un primero le invito a entrar mientras buzoneaba en un portal.
Sus padres ya se habían ido a trabajar, ¿sabes? Serían las diez de la mañana. Ella se había quedado diciendoles que estaba enferma… ya lo creo que no lo estaba. Dijo que me invitaba a desayunar, que tomar algo caliente me iría bien, vaya si fué bien… nos sentamos en la cocina y a los cinco minutos estaba bajandole el pijama allí mismo, joder, era tan bonita… se sentó sobre mí, empezo a follarme… ¡Dios santo! Acabé jodiendola en la cama de sus padres. Una semana después llame a la casa para volver a verla, pero nadie contestó.
Entraba en frenesí cada vez que la contaba, menudo cabrón. Era bueno contando historias, y con aquella en particular conseguía ponerme caliente de verdad. Entre las mías su favorita era aquella en la que la jefa me pregunto: Vamos a ver lagarto, que haces aquí, ¿realmente quieres trabajar? A lo que me hubiera gustado responder: La verdad es que con jefes bipolares las ganas aumentan, pero no lo suficiente. Estaba como un silbo, era de ley que alguien se lo dijera algún día. Pero me trabé. Me quede mirándola como un gilipollas. Leonard se descojonaba cada vez que la contaba, sobre todo cuando yo intentaba reproducir la cara que se me quedó aquel día.
Lo sé, no hay color entre su historia y la mía.
15 Diciembre 2006
En una buena resaca de meta anfetamina sucede que, después saborear el glorioso momento del pensamiento a la velocidad de la luz todo va para abajo, y no hay remedio. Cada segundo tarda en desprenderse del anterior, como una página pringosa que tienes que esforzarte en despegar para poder pasar a la siguiente. El tiempo se vuelve viscoso, arenas movedizas, el cerebro atrapado en escarcha, y no hay remedio. Uno se siente incapaz, como un barco abandonado en un puerto sin mareas. Algo así. En el parque era igual, solo que sin droga ni paredes.
El incidente con Addas me había vuelto más receloso hacía los extraños y en el parque era lo único que sobraba, desconocidos. Aquello me afectó en el fondo, eso y la mala alimentación, imagino. Aletargado, las horas pasaban como continentes. Al menos no me atacaba ninguna paranoia, ya era algo, pero me sentía sin fuerzas, en un estado de desgana absoluto, clavado en el banco, sin hacer nada por encontrar trabajo, por ver a alguien… cada vez olía peor. Ni siquiera podía entretenerme con la guitarra, la había vendido para llegar a fin de mes, justo antes de morir Rusconi; la pequeña reserva disminuía progresivamente. Lis estaba fuera, de lo contrario creo que habría hecho el esfuerzo de visitarla. O no. Me sentía demasiado mal, estaba abatido. Ahora es fácil decir lo que uno habría hecho. Así que no diré más.
5 Diciembre 2006
La mayoría de las vidas son libros que nadie querría leer. Yo no al menos. No todos. No enteros. Cada uno piensa lo que quiere, casi siempre, pero los puntos y las comas están en cualquier historia, quien lo diría. Todo esto porque hablé con un viejo, enfermo el pobre. Apenas media hora. Bebimos moscatel, fumamos; hablamos de Noruega, había vivido allí. Allí se enamoró, una alcohólica. Más que yo, decía.
Yo no había estado ni cerca de Noruega. Imagínatelo, allí hasta tus fantasmas se congelarían. El caso es que la chica murió, luego él un poco cada día. Así funciona: Las buenas historias terminan antes de tiempo, no importa cuanto duren. Le lié un cigarro. Casi no podía fumar, se le apagaba todo el rato. «Ves a esos policías – decía - pidiendo carnés, el otro día me lo pidieron a mi y el poli me dijo no te molestes Juan, tenemos que pedir veinte carnés y nos falta uno para poder irnos a casa, ¿no te importa? ¡Les falta uno y me lo piden a mi, que ya me conocen!» Reímos un buen rato, lo contó tres veces. Que grande reír: yo, el viejo, la plaza y las seis de la tarde. Así fue todo más o menos. Estaba leyendo La Peste cuando empezamos a hablar. Antes de irse dijo:
- ¿Te queda poco para acabar ese libro, eh? Sabes una cosa, yo en mi puta vida he acabado uno.
13 Noviembre 2006
«¿Exactamente qué palabra has utilizado antes? Es interesante, todo esto que dices». No sé que cojones de palabra le habría dicho, pero me lo puedo imaginar, cuando empiezo con los discursitos cargados de palabras de cinco duros soy una mina. Recalcitrante, por ejemplo, suena de cojones, es un hecho innegable. Voy cogiendo carrerilla hasta que llega un punto en que no se parar, cosas que pasan, cosas de la vida. En cuanto a lo que interesa, estaba decidido a explicarle de nuevo mis revelaciones en torno a los tres estados del tiempo y hacerlo sin reparar gastos en cuanto a precisión: hablarle del tiempo sólido, liquido y gaseoso, sí, hablarle del sustrato compartido de la materia. Pero mientras pienso en hacerlo me toca los brazos y me acaricia las piernas, definitivamente es fácil perder el hilo en circunstancias así.
Le digo que pare, que no me interesa, pero solo deja de tocarme cuando ocupa las manos en hacerse un porro, y es que no para, según acabamos uno se hace otro. Luego vuelve al tema. Le digo que deje de sobarme, tan pausado se lo digo que parece no entender. Le pierde el vicio. No quiere entender. Vaya por dios.
«Deberías estar orgulloso, ¿sabes? yo soy un esteta, no te lo dice cualquiera, esos bíceps son preciosos, madre mía». Y ahí que va otra vez a comprobar que siguen en su sitio. Vaya con el esteta. Pequeño vicioso. Así seguimos un rato. «No hace falta que tú hagas nada, solo quiero tocarte, no hace falta que tú me toques a mí, ¿Qué diferencia hay si te toca una chica o te toco yo?». Joder, precisamente esa. No me atrae y no le veo, ciertamente, pinta de fumar tanto, así que imagino que solo quiere dejarme inconsciente con tanto darle a la piedra. Se toma muchas confianzas y no se traga el humo, quiere tumbarme a porro limpio. O corto por lo sano o me bajo los pantalones para que me la chupe. Una de dos. O tú o yo. Esto último se me ha escapado en alto.
¿Qué dices?
¿Como me has dicho que te llamas? – pregunto.
Vaya, ¿no te acuerdas? Addas, con dos des.
Mira Addas con dos des, vas a dejar de magrearme, ¿vale? voy a acostarme en ese cuarto –le digo mientras señalo la primera puerta que veo-, y si cerrar la puerta no es la última preocupación que tengo que tomarme por esta noche, y entras o yo tengo que salir, te juro que te destrozo la casa, entera, empezando por el puto muñeco, y pasando por sacudirte a ti si es necesario.
No hace falta que digas eso… seguiremos hablando, está bien, ¿Cuál es esa palabra que has dicho antes? Todavía no me la has dicho – y dale.
La casa entera, acuérdate. Me voy a dormir. Hasta mañana.
26 Octubre 2006
Atranco la puerta con una silla y me asomo a la ventana para ver las estrellas. Un par de ellas nada más, la noche se me aparece nublada. Ahora ya con más calma. Antes de encerrarme aquí le he dejado las cosas bastante claras, creo, pero no me fío un pelo. Espero que no sea necesario lo de la silla pero es una buena solución de todos modos, en situaciones como esta nunca se sabe. Nunca se sabe.
La casa está bien, sabe montárselo, ya sabía yo. Lo mejor el salón, los sofás son cómodos y sobretodo, sobretodo, sobretodo la figura a tamaño real, la toco y parece de plástico, del personaje de “El Grito”, de Munch, o como sea que se escribe, con las manitas en la cara y el gesto desencajado, pobrecito, bajo un cielo tan extraño. Sobretodo por eso está bien su casa y su salón. Cualquiera puede tener unos sofás mullidos y una buena iluminación, unos baños sin ratas, una nevera que no chorreé, en fin, la nevera no la he visto pero se intuye. Lo de las ratas también lo digo sin conocimiento de causa, la verdad. Esto sería tan aburrido sin la incertidumbre de las ratas… unas buenas ratas al acecho… eso en cuanto al salón. En el cuarto la ventana de las dos estrellas, la silla atrancando la puerta - cosas que se aprenden en las películas -, la cama la probaré de inmediato. Cómoda. Más que el suelo. Principio básico de toda cama, sin duda. De esto sí estoy convencido. Las paredes están llenas de cuadros y posters de cuadros, estilos en amalgama, la bombilla los ilumina con su tiritar, parece tan triste… La inclino con un dedo y la dejo caer. Movimiento armónico simple, por lo que recuerdo. Las sombras se desplazan con su vaivén. Debajo sigo estando yo.
Me caía simpático. De lo contrario no estaría aquí, supongo. ¿Cómo he llegado hasta aquí? En su moto. Cualquiera te dirá que montarse en la moto de un desconocido no es la mejor de las ideas. Bueno, sí, ahora ya da igual. ¿Cómo es que me cayó simpático? Supongo que por sus pausas y su tono de voz, a menudo me fijo más en eso que en las palabras. Era interesante, un tipo de otro continente, me pareció ver en su mirada, en su forma de entonar la franqueza del desierto, la cercanía del pueblo berebere, me cayó bien de entrada, por todo esto… ¿o por tener un sitio donde dormir? A lo mejor la idea subconsciente de no volver a al parque lo había maquinado todo a mis espaldas y me cayó bien él como podría haber sido cualquier otro. Creo que, en cualquier caso, esta hipótesis no explica por sí sola porqué no bajé de la moto cuando empezó a sobarme las piernas. O la primera vez que me tocó el paquete. No. A pesar de todo he llegado a su casa, tiene que haber algo más. Seguramente hayan sido las ganas de ver cuanto más raro se puede convertir todo: Cada hombre está clavado en su cruz particular, que decía Bukowski. Y que cojones, parece buena gente, realmente lo creo, un buen tío a pesar de todo. Con sus vicios y todo eso pero quien no los tiene, y más a su edad, a su edad empiezan a tenerse las cosas algo más claras. Algunas. Las más básicas, creo. No se lo he preguntado. Pero le pierde el vicio, le pierde, ¡Cómo somos! Al final se ha ido todo al carajo.
20 Octubre 2006
De eso hace ya un tiempo. Dos años después Lis me lo presentó en una fiesta. ¡Coño! pensé, menuda casualidad.
Nos hicimos íntimos, proyectábamos grandes viajes siempre que compartíamos una curda. Tenía la sensación de compartir con él algo que me resulta muy complicado expresar, la sensación de no tener que decir nada para comunicarnos, como si en su cabeza existiera un espacio para guardar las mismas cosas que yo guardaba en la mía pero jamás contaría a nadie.
Creo que mientras hablaba con Lis no llegué a experimentar verdaderos celos de Leonard, y me parecía estúpido el sentirlos, pero algo más me confundía en el momento y era el presentimiento de acabar resultando trágico a los ojos de Lis – nada dada a este tipo de espectáculos – al explicarle que estaba en la calle y peor todavía, que no disponía del animo necesario para cambiar nada por el momento. No quería que pensará que había ido a su casa para buscar cobijo por un par de días - aunque en el fondo deseaba que ella me invitara a pasar al menos esa noche -; pensé que no sería capaz de explicarle aquello sin que se viera obligada a invitarme. Estaba convencido, además, de que insistiría en que buscara un trabajo y una habitación, yo pensaría que en el fondo tenía razón pero no se la daría y acabaríamos discutiendo, la posible escena se me iba apareciendo como un papel que sale de la impresora tramo a tramo. Hay dos cosas que me quitan las ganas de follar: hablar de trabajo y discutir. No estaba dispuesto. Esta idea, que al mismo tiempo valoraba como una idiotez, era la que me guiaba.
De modo que resolví no decir nada más respecto a mis últimos días, con lo del gato ya estaba bien. Vimos un par de pelis de los Hermanos Marx, a Lis le encantaban. Tenía varias y las veía todas al menos una vez al mes, a mí aquello no me parecía muy sano pero pocas cosas me lo parecían por aquel entonces, es la verdad, no le daba importancia. Tenía ventajas además: como se las sabía de memoria – también yo, como era de esperar después de haber vivido con ella durante dos meses, ocho meses atrás - casi siempre acabábamos follando antes de que acabaran o en las partes que nos aburrían. Y así fue, nos corrimos juntos a la mitad de ‘Una tarde en el circo’, como al final de un cuento que ya has leído muchas veces.
Después de cenar me despedí. Ya en la calle me sentí terriblemente estúpido por lo que acababa de hacer, definitivamente hay veces que no hay manera. Con lo bien que estaría con ella, en su cama, aquello podría haberme curado, quien sabe. Ahora estaba en la calle pensando cómo podía alguien llegar a ser tan imbécil. La cabeza más destacada en la verdadera ciencia de la estupidez, lista para caminar de vuelta al parque, a seguir durmiendo en soledad. Creo que a veces las ideas se arremolinan en espirales que no podemos abarcar, eso es todo, ya no depende de nosotros entender o no entender; me gustaría poder pensar eso, poder creerlo y decirme a mí mismo que en el fondo no tenemos la culpa de todas nuestras malas decisiones. Comencé a caminar, los coches pitaban frente al semáforo abierto.
10 Octubre 2006
Vi a Leonard por primera vez en unos San Fermines, fui para allí con Marino y la chica de Marino, había vivido con ellos un tiempo atrás y nos juntamos con la intención de darnos un buen festival. No recuerdo muy bien cómo fue la cosa pero nos cruzamos con la típica atracción consistente en un par de tablones con clavos dispuestos a lo largo, unas patas para sujetar las tablas a una buena altura y un letrero cutre y nada más exceptuando las botellas de whisky en las que consistía el premio por hundir uno de aquellos clavos romos de un solo golpe. Apalancaban el material en cualquier esquina – y en San Fermines hay esquinas imposibles - y previo pago de 300 pesetas el martillo empezaba a caer con obstinación, pasando de una mano ebria a otra, como si realmente fuera el martillo quien dirigiera a los demás y no al revés, borracho él también, el martillo loco, ebrio de noche y de tumulto.
Los pocos que acertaban en el clavo apenas lo hundían más de la mitad de su longitud, y eso que los más brutos eran los más ansiosos por probar. Empezó a clarear y los camiones de basura ya transitaban cuando un chaval de unos diecisiete años empujó el clavo hasta no dejar ni un dedo entre la tabla y la cabeza. Lo había conseguido, lo había clavado el muy jodido. Parece ser que el dueño del negocio tenía como reto no “regalar” ninguna botella en toda la noche y se empeño en que todavía sobresalía un poco; frente al él solo quedaban el chaval y los tres tipos que le habían pagado el intento, Leonard uno de ellos, además de Bea y Marino, con los que observaba la escena a unos diez metros, charlando junto a una pared. El chico no decía nada pero a Leonard y sus amigos aquello les pareció una desvergüenza. Como supe más tarde Leonard tenía un concepto muy elevado de la justicia. Insistieron en que le diera la botella al chico pero el dueño no tenía pinta de ir a soltar nada por las buenas. Mientras discutían un camión de basura pasó junto a ellos y sin llegar a decir nada Leonard cogió las tablas y las tiro dentro. Luego fueron las patas, y bueno, así fue como le conocí.
22 Septiembre 2006
¿Sigues bailando?
me voy dentro de tres días, estaré fuera un mes, tengo una gira, poco más y ni te enteras. Por cierto, estuve con Leonard el otro día, preguntó por ti, dijo que prometiste escribirle algo – dijo Lis.
siempre me pasa eso.
¿el qué?
que no me gusta prometer cosas, pero al final acabo prometiendo alguna.
no es algo tan terrible.
lo sé, pero no me gusta.
ya me había dado cuenta, de todos modos.
y Leonard, ¿Sigue pasándose por la universidad?
creo que sí, parece que si. Podemos llamarle y decirle que venga para aquí.
puedo escribirte algo a ti también, si tú quieres
no hace falta, a mi ya me escribes cosas, ¿no? Mientras follamos por lo menos.
no lo sé.
bueno – dijo bueno y yo le di una buena chupada a la cerveza - , yo creo que sí.
a lo mejor tienes razón, pero si tuvieras algo en un papel podrías volver a leerlo cualquier otro día, y no es lo mismo releer algo que recordar lo que leíste…
a lo mejor no quiero coger un papel y acordarme de ti.
a lo mejor.
no quiero coger un papel y preguntarme donde coño te has metido. De repente desapareces y nadie sabe de ti.
ahora estoy aquí.
ya lo veo.
he estado liado.
ya.
ahora estoy aquí.
seguro que ni siquiera le has escrito nada a Leonard.
¿también jodiste con él?
¿Eh? ¿a que viene eso? ¿Con Leonard?
Sí.
no jodo con todos mis amigos, ¿jodes tú con todas tus amigas?
la verdad es que no, pero gracias por preguntar.
¿qué coño te pasa? A veces pareces imbécil.
muríó mi gato.
no sé cuando hablas en serió y cuando te inventas historias.
en serio que murió.
¿en serio?
Sí.
8 Septiembre 2006
Sonaron unas llaves. Sonó la cerradura y entró Lis con una barra de pan y dos litros de cerveza.
- Para luego – Colgó la bolsa en el pomo de la puerta y dio tres pasos hacia la cama exagerando el balanceo de la cadera - ¿Dónde has puesto las naranjas?
Señalé la mesa de mimbre junto a la puerta. Lis se soltó el pelo, se saco la camiseta y el sujetador y me lanzó una naranja. Luego se giró hasta darme un buen perfil y se bajo el pantalón hasta los tobillos a dos manos, sacó un pie y con el otro lanzó el pantalón hacia la cama igual que había hecho antes con la naranja. Un segundo después tomó otra naranja entre sus manos, clavándole las uñas hasta partirla en dos, y empezó a caminar mientras las primeras gotas de zumo salpicaban al rebotar contra su piel. Se detuvo a los pies de la cama.
Comencé a recoger con sabios lametones el zumo entre sus pechos, siguiendo el hilillo que se partía en dos al llegar al ombligo y volvía a ser uno al perderse más abajo. Las más sabrosas tetas del mundo, dije. Y seguí más abajo, tomando unos de los labios entre los míos, como si fuera un moflete. Lis exprimió la segunda mitad llenando mi boca de jugo renovado. Chorreo como un océano desbordado, dijo Lis, y me empujó contra la cama antes de echarse sobre mí.
Noté mi polla doblarse ligeramente antes de entrar, y cuando entró me sentí satisfecho ante la idea de haber encontrado un coño que me fuera justo, nada más ni nada menos. El sol alcanzaba de pleno a Lis y hacía que su vientre mojado reluciese como una pequeña luna en movimiento, yo fijaba la vista en esa luna que oscilaba arriba y abajo y en mi polla que aparecía y desaparecía, en los pezones erguidos y los dientes de Lis mientras bufaba.
Cogí la naranja que había dejado en el colchón y separé un gajo para hundirlo entre las piernas de Lis. Con tres embestidas solo quedó el pellejo. Separé otro y repetí la operación, Lis arqueó la espalda y de su ombligo resbaló una perla azucarada. Un momento después aterrizó boca abajo en el colchón, hundí la cabeza en su melena negra y volví a entrar, un brazo a cada lado de su espalda. Lis se impulsaba, alejándose del colchón, luego resbalaba y volvía a caer. Y cada vez era todo más desordenado. A fin de cuentas, pensé, mientras uno folle bien no necesita ni orden ni cuenta corriente, y seguí subiendo y bajando, agarrando una teta en cada mano, mordiendo y resoplando. Tenía una espalda magnifica, Lis.
Giré la cabeza hacia mi abdomen y al ver las dos cinturas rebotando la una contra la otra, arriba y abajo, sudorosas, mágicas e inexplicables, olfateando esa mezcla de sudor, flujos y zumo de naranja olvidé por completo todo lo que estaba de sobra en mi pequeña cabeza, cicatrices del devenir y no sé cuantas cosas más, hasta sentirme reluciente y puro como un bebe sujetado en brazos por un puñado de arcángeles cantarines, repitiendo al unísono: esto es una maravilla, esto es una maravilla… los acompañé en su canto festivo desde mis adentros, hasta que Lis me recordó que acabara fuera, y para más señas añadió: Quiero sentir como cae sobre mi espalda. Y mientras caía no dijimos nada más. Ni Lis ni yo. Nada.
18 Julio 2006
Cerré los ojos. A estas alturas de la vida jamás habría pensado que un colchón pudiera hacerme tan feliz, tenía las articulaciones desechas. Dormir en la calle envejece a uno, empezaba a darme cuenta. Tumbado sobre el colchón, sintiéndome caer a través de él, las palabras comenzaron a escurrirse hasta dejarme desnudo.
No sé cómo ni por que me levanté del colchón y giré la vista sobre mi espalda. Donde antes descansaba mi cuerpo ahora yacía un viejecito, como un reflejo arrugado de mí mismo. Tenía los ojos abiertos pero no miraba a ninguna parte, como si estuvieran vueltos para dentro, comenzó a hablar, como si le hablara al techo y no a mí:
- Cuando era un niño cazaba saltamontes en un camino estrecho entre dos terrenos segados, cerca de casa. Los había a montones, pululaban por allí con sus patitas de cabaret y sus caras de peces tristes. Era su autopista particular.
- ¿Y qué más?
- Recuerdo cuando de pequeño, en el pueblo, nadábamos en el río. Nos desnudábamos y nos echábamos al agua. Una orilla estaba llena de árboles desiguales y arbustos desiguales, en la otra solo había chopos, altos y espigados, plantados a intervalos regulares, creo que para hacer palillos. Palillos para dientes. Nos echábamos al agua desde esa orilla.
- ¿Y que más?
- A la izquierda quedaba un viejo puente romano, bastante tosco, no era muy original, piedras y más piedras. Nos bañábamos desnudos y cuando los que se bañaban desnudos eran otros mirábamos desde el puente.
- ¿Y por qué ahora no me miras?
- Cuando era un niño me sentaba al borde del río para ver nadar a las culebras, o como se diga lo que hacen ahí debajo, bastante mejor que nosotros, por cierto. Volaban libélulas de un palmo de envergadura, no exagero, zumbando como condenadas.
- ¿Pero por qué coño no me miras ahora?
La habitación se inundó, como una pecera gigante, y todo lo que en ella había comenzó a tambalearse, agitado por corrientes invisibles. Comencé a palpar las paredes, e intenté alcanzar la puerta para poder salir, pero ya no estaba allí. De repente me acorde del viejecito, al girarme lo vi flotando a apenas un palmo del suelo. Casi no me quedaba aire. Nadé hacía él, cuando casi lo tenía abrió los ojos y empezó a sacudirse con movimientos eléctricos. Me aparté asustado. Sus miembros se retorcían con cada espasmo, ahora encogiéndose, ahora estirándose. Ya casi no podía verlo a través de la nube de burbujas, hundí un brazo en un último intento de arrastrarlo fuera. Apreté fuerte y lo atraje hacia mí. Para mi espanto descubrí que no era un brazo de lo que tiraba, lo que sujetaba en la mano era una culebra de color negro, se apretó sobre mi puño antes escapar con una sacudida, al momento se alejó zigzagueando hasta que la perdí de vista. Cuando creía agotar el último aliento de oxígeno que quedaba en mis pulmones, desperté. Coño, coño, ya no hay agua. Menos mal.
7 Julio 2006
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